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México una nación cercana a los 130 millones de habitantes, ha evolucionado a tal grado que, de ser eminentemente católica, con hábitos conservadores, machista y de pocos espacios políticos para otro pensamiento que no fuera de derecha pasó a convertirse en una nación abierta, diversa y con diferentes fuerzas políticas ceñidas a una convivencia incómoda pero imprescindible para la democracia, con complejas repercusiones no solo políticas, religiosas, económicas o sociales.
Hace 35 años era francamente impensable que existieran las condiciones políticas para que una mujer científica, no católica y de izquierda alcanzara la presidencia. México estaba fragmentado entre la visión de una nación bucólica, casi campirana anclada al pasado con economía mixta arrastrando carencias de todo tipo o abrirse al mundo, aún con escenarios adversos dada la precariedad de su economía, con toda la clase de peligros que ello significaba. En esa época, ni de broma podría considerarse la posibilidad de postular a una mujer a semejante cargo, el escenario no se prestaba para algo que podría parecer un experimento político; pero a pesar de ello, hubo quien tuvo la visión (y agallas) de proponerlo y fue una idea que adquirió forma en la medida que transcurrieron los sexenios.
Antes de la llegada de la dra. Claudia Sheinbaum Pardo a la Presidencia de la República, otras mujeres lo habían intentado; Rosario Ibarra de Piedra, Cecilia Soto, Marcela Lombardo Otero, Patricia Mercado, Margarita Zavala, Josefina Vázquez Mota cada una enarbolando distintos postulados políticos, todas aportaron nuevas perspectivas para la pluralidad, que hoy prevalece en notorio contraste con la homogeneidad de antaño. Con ello pasaron a la historia de una prolongada brecha abierta en la que una discriminación latente prevalecía jugando en contra suya.
Mención aparte merece Xóchilt Gálvez quien participó en las recientes elecciones presidenciales quien a pesar de quedar en segundo lugar, detrás de la Dra. Sheinbaum, participo enarbolando la alianza llamada Fuerza y Corazón por México con tres partidos tradicionalmente opuestos PRI-PAN-PRD que se unieron para esta contienda electoral y decidieron que precisamente una mujer los representara; México está evolucionando.
A todo lo anterior se aúnan factores como lo son el reconocimiento transgeneracional, procesos naturales de desgaste en toda índole, la experiencia que aportó en su momento la alternancia y la solidez institucional, lo cual en su conjunto permiten ver en México una democracia consolidada, aunque sin estar exenta de los riesgos como lo puede implicar una desmesurada ausencia de contrapesos.
A pesar de esto, México ha dado un paso adelante de la misma forma como lo muestra la historia de este país, repleto de civilizaciones que generaron cultura, siglos antes de la llegada del hombre europeo al continente, cuna de una de las universidades más antiguas de América, que abolió la esclavitud en plena lucha independentista y que ha legado desde documentos que contribuyen a la paz mundial como el acuerdo de Tlatelolco que previene la proliferación de armamento nuclear, hasta destacadas muestras de pensamiento literario, jurídico, político o científico.
México ahora se incorpora a la lista de naciones que tienen como Jefa de Estado a una mujer. Un logro que otras naciones, tan avanzadas como complejas no lo han conseguido relegando así al retraso algo que por derecho le corresponde al género femenino y regateando con ello un futuro más pleno.